
Siempre quise ser parte de una historia de amor. Era lo que pensaba mientras tomaba un sorbo de café y esperaba. Pero de esas historias extravagantes, fantasiosas. Eran casi las cinco y él todavía no llegaba. Miré enfrente de mi mesa y vi a una pareja de ancianos mirándose muy felizmente. Él revisaba la sección de deportes y tomaba café negro, típico del viejo. Ella no. Parecía una chica. Estaba radiante, recién teñida de las canas y tomaba un envidioso submarino. Yo ni enterada estaba de que me había pasado más de diez minutos mirándolos. ¿Diez minutos? ¿Dónde estaba este hombre? De repente noté que la pareja me estaba mirando sonriente. Sentí vergüenza, y baje la vista. Mi acción parecía de una nena chiquita. Tomé valor y alcé la mirada de nuevo. Me seguían mirando sonrientes. Ella levanto la mano y me señaló. ¿A mi era? Instintivamente me di vuelta para ver por la ventana del bar y lo único que logre ver fue un gran ramo de rosas. Quien las sostenía era sin duda él. Levante la vista y distinguí su sonrisa, la cual no se deformo cuando dijo “perdón, el caballo no paraba de comerse los arbustos de la esquina”. Dudé por un momento de su sano juicio, pero no por mucho, ya que entendí todo cuando vi aquel enorme y blanco carruaje bajo la luz del farol de la calle. Entre lagrimas de emoción, deje un billete de cinco pesos, saludé amablemente a la pareja y salí por la puerta.
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